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Mostrando las entradas etiquetadas como Relatos

Relato - Distanciamiento Social - Parte II

Ir a Parte I II La enfermedad terminó por consumir a su madre. Recordó haber estado leyéndole su libro favorito durante unos minutos cuando se durmió para siempre. Se quedó mirándola un momento antes de llorar. Cuando miró su rostro entendió que ya no había más dolor en ella, aquella enfermedad ya no la atormentaba más. Por fin descansaba. “No salgas del bunker” eran de las últimas palabras que le había dicho su madre “Aquí tienes todo; comida y seguridad”. Releyó una parte del libro intentando entender: “El búho, cuyos ojos nocturnos son ciegos de día, no puede desvelar el misterio de la luz”. Se durmió pensando, sin lograr descubrir lo que significaba. Habían pasado un par de días después de la muerte de su madre cuando Mariana tomó la decisión de ir en busca de su padre, en contra de lo dicho y la petición de su madre de no abandonar el refugio. Se preparó para el viaje; metió en su mochila comida y algo de ropa. Se despidió de sus muñecas, de sus libros y por último, besó la frente...

Relato - Distanciamiento Social - Parte I

I Mariana estaba durmiendo cuando una sombra borrosa, hablándole con una voz agitada, la despertó. Aquella figura espectral no podía ocultar su desesperación, la pequeña Mariana podía sentir el aliento cálido en su rostro que emitía aquella figura sombría. Se trataba de su padre, quien no se había molestado en encender las luces de la habitación. La abrazó para sacarla de la cama, ella le sintió la ropa húmeda, aunque recordaba que no había estado lloviendo esa noche. Sintió la ropa de su padre algo pegajosa y pensó que era sudor. Nunca lo había visto tan preocupado. Le dijo que su madre los esperaba abajo, que debían marcharse ya que el mundo se había vuelto loco. Logró coger algunas de sus pertenencias: algo de ropa, un par de juguetes y nada más, tuvieron que salir lo más rápido que pudieron.  Aún se recordaba bajando aquellas escaleras, tropezar en el último escalón y rasparse las rodillas al caer de bruces. A veces soñaba con el rostro asustado de su madre quien la ayudó a lev...

Tentativa

Pensó en varias formas de hacerlo; envenenarlo, volarle la cabeza con una pistola, o cortarle el cuello; cualquier cosa que acabara con su existencia. Por fin dejaría de verlo, de escuchar su respiración, su ruido asqueroso al comer, su voz estentórea que le cincelaba la cabeza. Eligió el frío filo de la navaja, después de todo, era personal. Subió por la escalera, se dirigió al cuarto de baño y permaneció unos segundos frente a la puerta con los ojos apretujados. Abrió la puerta y entró. Miró en el espejo y observó el reflejo difuso con una mirada profunda que penetraba hasta lo más hondo de su psique… después de unos segundos de juiciosa contemplación, pensó: “Hoy no me desagradas tanto... hasta siento aprecio por ti... un poco”. Dejó la navaja dentro del botiquín. Se fue a trabajar y lo dejó vivir un día más.

Norte

Su clan se asentaba cerca de un lago cubierto por un manto glacial. Por primera vez percibía un aire sofocante, provocado por el viento gélido. Sentía como si le rasgara la piel, ya marchitada por la edad, como agujas heladas que le pinchaban todo el rostro. Se aferraba a recuerdos moribundos de tiempos lejanos, envuelto en aquel paraje triste y desolador que lo oprimía como una mano gigantesca tratando de aplastar al viejo y cansado jefe del clan. No podía más; sentirse inútil y varado en este inmenso y asfixiante mar, con un ambiente hostil y salvaje que lo erosionaba todo.  Veía morir al menos a seis miembros del clan cada luna; la mayoría jóvenes. Le parecían como montañas desgajándose en el amanecer; la respiración se le cortaba en el crudo invierno y frio polar. Sintiendo la sombra de la calamidad acechando cada vez más a su pueblo, amenazando su espíritu deteriorado: el jefe experimentó un gélido escozor en el pecho que lo regresó de la ensoñación. El viejo entregó el alimen...

Una novela inconclusa

Sabía que la trágica escena era inevitable. Había agotado todos los escenarios posibles, el personaje no tenía salvación, debía morir. El escritor lanzó el cenicero contra la pared. Las colillas de cigarro quedaron esparcidas en el piso, mientras ahogaba un grito de impotencia. No podría continuar sabiéndose el propietario de las manos que habrían de matarla. Cuando la policía llegó a la escena, el cuerpo del escritor yacía inerte en un charco de sangre; una mezcla roja y pegajosa de cenizas y licor. El oficial se percató de una máquina de escribir cubierta de sangre que impedía ver lo que se había escrito. Una novela inconclusa. Un personaje sobreviviente condenado a la eterna incertidumbre.